Izquierda carente de hermenéutica / Ruelas

Aguascalientes, febrero 24 (2026).-El reciente episodio protagonizado por Marx Arriaga en la Secretaría de Educación Pública no es un hecho aislado ni anecdótico: es un síntoma. Un síntoma de una izquierda que ha sustituido la interpretación por la consigna, la reflexión por el dogma y la pedagogía por la imposición ideológica. No se trata de un debate personal, sino de un problema estructural: una izquierda sin hermenéutica. El espectáculo en las oficinas de la dirección general de materiales educativos fue francamente denigrante, las imágenes no mostraron un ápice de materialismo ni histórico ni dialéctico, Arriaga presumió a los medios de comunicación ser autor de los más de 100 textos, él solo los hizo, ergo, se imputó todos los errores y faltas diversas. Vimos un escritorio con desechos de alimentos, un óleo de Karl Marx, una muda visiblemente sucia y un personaje sin bañar.

Karl Marx y Friedrich Engels escribieron el Manifiesto Comunista (1848) y El capital (1867) en un contexto histórico específico: el capitalismo industrial temprano, la fábrica como núcleo productivo, la clase obrera homogénea y el Estado liberal decimonónico. Pretender trasladar esas categorías, sin mediación interpretativa, al siglo XXI no es fidelidad teórica, sino anacronismo doctrinario. El caso Marx Arriaga ilustra con claridad este error.

Su lectura de Karl Marx no es crítica ni contextual; es litúrgica; aparece no como un autor a interpretar, sino como una autoridad a obedecer. La consecuencia es una política educativa que confunde formación crítica con adoctrinamiento, y que reduce la complejidad del presente a una lucha binaria entre “buenos” y “malos”, “pueblo” y “enemigos”, “conciencia” y “alienación”.

El problema no es Marx. El problema es el marxismo sin hermenéutica. Desde el siglo XIX, el capitalismo ha mutado radicalmente: financiarización, globalización, economía digital, automatización, algoritmos e inteligencia artificial, economía de plataformas. La clase obrera industrial, concebida como sujeto histórico universal, ha sido reemplazada por una constelación fragmentada de trabajadores, cognitivos, autónomos y de servicios. Persistir en la narrativa de una clase homogénea destinada a una redención histórica no es análisis: es nostalgia ideológica.

Algo similar ocurre con el Estado. Para Karl Marx, el Estado era el “comité de administración de la burguesía”. Sin embargo, el desarrollo del Estado social en el siglo XX, derechos laborales, educación pública, seguridad social, regulación, transformó profundamente esa relación. El Estado contemporáneo es un campo de disputa plural, no un instrumento monolítico del capital. Ignorar esto conduce a una política que deslegitima las instituciones en nombre de una pureza revolucionaria inexistente.

La izquierda dogmática, como la que encarna Arriaga,no interpreta: declama. No dialoga con la realidad: la niega. No forma sujetos críticos: fabrica creyentes. En lugar de leer a Marx como un crítico histórico del capitalismo, lo convierte en un catecismo. En lugar de reconocer la complejidad cultural, tecnológica y simbólica del presente, la reduce a una moral binaria.

Aquí radica la ausencia de hermenéutica: incapacidad para reconocer que todo texto, y toda teoría, requiere mediación histórica, interpretación contextual y apertura a la revisión. Sin hermenéutica, la izquierda deja de ser crítica y se vuelve teológica. Sustituye el análisis por la fe, la política por el monologo, la educación por el adoctrinamiento.

El colapso de los socialismos reales en el siglo XX mostró con crudeza las consecuencias de esta rigidez: autoritarismo, represión, ineficiencia económica, negación de la pluralidad. Persistir en esa lógica, ahora en clave educativa, no es progresismo: es regresión intelectual.

Nada de esto implica desechar a Marx. Su crítica a la desigualdad, la concentración del capital y la mercantilización de la vida sigue siendo relevante. Pero su valor es analítico, no prescriptivo; crítico, no dogmático. Marx sirve para pensar, no para obedecer. Por ello es parte de los filósofos de la sospecha.

Una izquierda con hermenéutica leería a Marx junto a Weber, Polanyi, Foucault, Sen, Zuboff; integraría perspectivas feministas, ecológicas, tecnológicas y democráticas; entendería que el poder ya no solo explota trabajo, sino también datos, atención y subjetividades. Una izquierda sin interpretación crítica, en cambio, se aferra a un pasado mitificado y pretende gobernar el presente con categorías agotadas.

El caso Marx Arriaga no es un exceso individual: es el reflejo de una izquierda que ha renunciado a interpretar el mundo y se limita a repetirlo mal. Y una izquierda que no interpreta, no emancipa: adoctrina.La tarea urgente no es volver a Marx, sino volver a pensar. Porque la política sin hermenéutica no transforma la realidad: la simplifica hasta volverla irreconocible.

La responsabilidad pública comienza donde termina el dogma: servir exige comprender, interpretar y responder a la realidad con verdad, no imponerle una fe.
Gobernar éticamente es asumir que el poder obliga primero a pensar, escuchar y cuidar el bien común antes que a vencer.